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Joaquín Baldomero Fernández Espartero y Álvarez de Toro no nació para famoso, ni para ídolo de multitudes, ni para recibir el tratamiento de Alteza Real. Si acaso, para gozar de su mayor prosperidad que su padre - en su negocio de mulas -, o para canónigo, que ya es decir. Pero su destino le elevó a Regente de España - casi rey al presentarlo Prim como candidato idóneo para ocupar el trono, vacante tras el destronamiento en 1868 de Isabel II - y a símbolo de la España de su tiempo.

Su larga vida - nació en 1793 en Granátula de Calatrava, provincia de Ciudad Real y murió en Logroño en 1879 -, estuvo dominada por una pasión: hacer lo que tenía que hacer lo más rápidamente posible y por el camino más corto. Abandona el seminario donde su padre lo tenía encerrado a sus quince años y se enrola en el ejército para luchar contra el francés. Dos años después era subteniente y durante nueve pelea en América, de la que regresa coronel, con treinta y dos años, ciertas ideas liberales, ambición sin límites y fe ciega en su buena estrella. Es el prototipo de la nueva sociedad burguesa en la que, teóricamente, nada cuenta el linaje, sino el propio valer. Por eso, en contraposición a los aristócratas, será liberal. Sin embargo ostentará los títulos de Conde de Luchana, Duque de la Victoria, Príncipe de la Victoria, lo que nadie no noble, excepto Manuel Godoy, había conseguido.

Las guerras del XIX produjeron una casta militar fuerte y poderosa, controladora del estado débil y propensa a los pronunciamientos. Espartero, ya presidente del Consejo de Ministros, 1840, retira a la reina María Cristina y se hace nombrar regente, 1841 - 1843. Es la cumbre de su popularidad. Su marcial figura y sus campechanos modales de "Cesar Liberal" le granjean la simpatía popular. Las Cortes le han designado para la Regencia tras una polémica previa sobre si ésta debía ser de una sola persona o de tres. Triunfante la primera fórmula, Espartero ha conseguido 189 votos frente a 103 de Agustín Argüelles.